domingo, 27 de octubre de 2013

Pies descalzos y ojos vacíos

Nunca me había ganado algo por escribir un cuento. Se siente bien. Vamos a ir al Festival de Tradiciones de Vida y Muerte de Xcaret. A ver si no nos encontramos a la Ix'Tabay.

Pies descalzos y ojos vacíos


Hace mucho tiempo que no sabía nada de Jorge, uno de mis más grandes amigos cuando yo vivía aquí en Cancún. Solíamos salir todas las noches por unas cervezas en los bares del centro y los fines de semana en la Zona Hotelera, hasta que me fui a Los Cabos. 
Ahora, siete años después, he regresado, y aún con el departamento lleno de cajas y maletas sin desempacar, decidí llamarle para irnos a echar un trago como en los viejos tiempos.
“Hey, Jorge, amigo mío, adivina quién regresé a Cancún a vivir.” Le dije emocionado cuando me contestó el teléfono. Y aunque se dijo sorprendido no obtuve la respuesta que esperaba de mi antiguo compañero de parrandas.
Aunque al principio se negó, logré convencerlo de vernos para ponernos al día. Pero eso sí, me dijo que tenía que ser temprano, pues por nada del mundo saldría en la noche. Me pareció extraño, pero no hice más preguntas.
Llegué al bar de siempre y me senté en la barra. El dueño me reconoció y me abrazó, según dijo, con mucho gusto de verme de nuevo; hablamos sobre los bares en Los Cabos: le dije que sus tacos de pescado eran los más sabrosos, aunque no era cierto. Ambos reímos.
La sonrisa comprometida se acabó cuando le dije que estaba esperando a Jorge. Sin más, bajó la vista, y se fue meneando la cabeza.
Luego de unos minutos llegó un Jorge más pálido y frío de lo que recordaba. Creo que el abrazo con el dueño fue más efusivo. Aún así, su sonrisa era sincera, estaba feliz de verme y yo de verlo a él. Pero en sus ojos había un vacío que me perturbaba.
Comimos alegremente y reímos al recordar viejas anécdotas. Me puso al corriente sobre los chismes de los antiguos compañeros del trabajo, pero guardó un silencio oscuro cuando pregunté por Toño, ocasional compañero de juergas, y después se limitó a responder con un “no sé… no sé nada… nada importante… todo tranquilo, men” a todas las preguntas que hice.
La tarde avanzaba entre muchas cervezas y fue cuando Jorge me pidió , me imploró, irse antes de que anocheciera. Ante la insistencia de sus ojos vacíos accedí, pero con la condición que me explicara lo que sabía sobre Toño.
“Se lo llevó la Ix’Tabay, men”, me dijo, finalmente.
Jorge se refería a la leyenda maya que existe sobre una mujer que seduce a los hombres para llevarlos al Xibalbá, el inframundo, el infierno, pues, según el Popol Vuh.
Según la leyenda que se cuenta entre los abuelos mayas de la región, quienes la escucharon de sus abuelos, en un poblado de la región vivían dos hermosas mujeres. La Ix’Tabay, apasionada en las artes de la seducción y de gran corazón con la gente que necesitaba dinero o calor, y Utz-Colel, quien había destinado su corazón y su cuerpo a la castidad, por lo que más bien era conocida por su frialdad ante la vida.
Al morir, de la tumba de la Ix’Tabay nació una flor de un embriagante aroma; mientras que de la de Utz-Colel surgió un cactus con una flor de la que sólo salía un olor desagradable.
Dicen que el alma de Utz-Colel, llena de envidia, decidió tomar la forma de la Ix’Tabay para seducir a todos los hombres que no pudo tener en vida y llevarlos al inframundo.
—Así que a Toño se lo llevó la Ix’Tabay” —repetí con incredulidad.
—Baja la voz —me pidió Jorge.
Desde la barra podía ver cómo el dueño nos miraba con desdén.
—¿Pero cómo?, ¿cómo que se lo llevó la Ix’Tabay? —pregunté, con la voz baja, y con renovado interés.
—Yo estaba ahí, —me dijo, y comenzó el relato más escalofriante que había escuchado de su boca en toda la vida.
Jorge me explicó que precisamente Toño y él estaban aquí, en el bar de siempre, tomando unas cervezas.
—Toño ya estaba pasado de copas. Y ya sabes cómo es… cómo era —corrigió rápidamente—, le gustaba ir a otras mesas a socializar.
Jorge contaba la historia apresuradamente, como si le urgiera llegar al final, como si se hubiera aprendido las tablas de multiplicar.
Me contó que dos chicas hermosas, gemelas, de larga cabellera negra y lacia, llamaron a Toño a su mesa y después de un rato él se unió al grupo ante la insistencia de su amigo. Siguieron bebiendo, y bailando toda la noche y Toño comenzó a besar a una de ellas, “la que tenía un olor algo desagradable”, me dijo.
—Lo que más recuerdo de estas chicas era que estaban descalzas —dijo Jorge—. Salimos del bar y ellas querían seguir la fiesta, así que fuimos a mi casa.
En el camino Toño se habría quedado dormido en los brazos de su nueva conquista.
—Yo estoy seguro que llegamos a mi casa los cuatro —me dijo, y por primera vez sus ojos vacíos se llenaron de lágrimas—. Yo no lo hice, te lo juro.
“Yo no lo hice”.
Entonces creí conveniente abrazar a Jorge, pagar la cuenta y, ante la mirada de desprecio del dueño, dejar una muy buena propina para irnos del lugar.
Con el tiempo me enteré que Jorge salió en los diarios, acusado de haber matado a Toño, pero nunca pudieron encontrar el cuerpo. Aunque salió libre por falta de pruebas, Jorge tuvo que vivir, tuvo que llenar su mirada vacía, con el desprecio de la gente que lo cree un asesino.
De las dos gemelas nadie sabe nada. Nadie recuerda haberlas visto esa noche. Aunque se dice que cuando hay luna llena es posible ver a un par de gemelas descalzas recorrer los bares de la ciudad. 

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