miércoles, 6 de noviembre de 2013

Día Internacional de la Corrección de Estilo

El pasado 27 de octubre se celebró el Día Internacional de la Corrección de Estilo.





Y lo celebré como debe hacerlo un corrector: corrigiendo.

Pues es que los correctores solemos ser muy quisquillosos con los detalles.

Hablando de detalles, en los medios se maneja indistintamente Día Internacional del Corrector de Estilo, Día del Corrector de Textos o Día de la Corrección, pero los organizadores —al menos los de México— lo han llamado Día Internacional de la Corrección de Estilo. Parece que es lo mismo pero no es lo mismo. Recuérdese, ante todo, la máxima del corrector: pinche pero parejo.

Entonces, ¿por qué se escogió el 27 de octubre para celebrar a este ser que gusta por cazar erratas en los textos?  Pues esta fecha la eligió la Fundacion Literrae en Argentina en 2006, y al año siguiente fue también adoptada por la Asociación Mexicana de Profesionales de la Edición, por coincidir con el natalicio (aunque la fecha varía dependiendo las fuentes, entre el 26, 27 y 28 de octubre de 1466, la más común es la del 27) de Erasmo de Rotterdam. 

¿Quién fue Erasmo de Rotterdam, o por qué los correctores debemos de celebrar nuestro día (como si los demás días no fueran nuestros) el mismo día que su nacimiento? Pues fue un escritor y humanista holandés al que la Congregación del Índice le censuraba casi todo lo que escribía. Hasta los dibujitos.

Los correctores de estilo debemos tener tacto para sugerir cambios.

Pues bien, resulta que gracias a Erasmo y a sus adagios conocemos algunos de los proverbios grecolatinos que se mantienen hasta nuestros días, por ejemplo: "En el país de los ciegos, el tuerto es el rey". El libro, que fue todo un éxito en su época, comenzó con 838 refranes y tras nueve ediciones ahora llegan a los cuatro mil 151 adagios.

A Erasmo también le debemos las primeras traducciones de la Biblia, del Nuevo Testamento, al alemán y al inglés. Y otras grandes obras del humanismo, por las que tuvo grandes diferencias ante la Iglesia que, como ya vimos, gustaba de censurarle.

Y, por supuesto, el Elogio a la locura, un libro que, de acuerdo con algunos autores españoles, sirvió de inspiración para Cervantes y su Quijote:
"Que se diga de mí todo lo que se quiera (ya sé que la Locura es detractada continuamente incluso por los más locos), sin embargo soy yo y solamente yo quien, por mis influjos divinos, esparzo la alegría sobre los dioses y los hombres".
Pero lo que más debe llamarnos la atención dentro del Elogio a la locura es su visión sobre algunos autores, recordemos nuevamente sus diferencias con la Iglesia, y la muestra de lo necesaria que es la locura en el proceso editorial.

"Los que corren tras la inmortalidad escribiendo libros, son poco más o menos de la misma ralea que los oradores. Me deben grandes favores. Pero yo [la locura] inspiro principalmente a los que escriben bagatelas y tonterías. Para esos autores que por medio de sus obras sensatas aspiran al beneplácito de un reducido número de lectores de sentido común y no rehúsan aceptar como jueces a Perse y Lélio, su suerte me parece más digna de piedad que de envidia. Torturan sin cesar su espíritu, cambian, tachan, añaden, repasan, corrigen, consultan; siempre descontentos de lo que hacen, trabajan durante nueve o diez años hasta publicar su obra. Después de tantas vigilias, penas y trabajos, tras tantas noches sin gustar las delicias del sueño, ¿cuál es su recompensa? La cosa más vana y frívola del mundo: la aprobación de un reducido número de lectores."

En fin, que el 27 de octubre ha sido un buen pretexto para hablar de esta profesión, de este arte, de esta forma de vida, que, en cierta medida, con cliché admitido, nos vuelve locos. Y es que, aunque se aplique con total sobriedad, la corrección de estilo no debe perder la sonrisa de quien se deja consentir por la locura en su trabajo.

Luego así como podría uno justificar aquellos accidentes felices, diría Bob Ross, en otros casos fuentes de inspiración que los errores de dedo nos han regalado, intervención del autocorrector de los teléfonos inteligentes incluida. Decía Alí Chumacero que el azar es poeta a veces. Y de grandes erratas también se cultivan perlas.

Así que el Día Internacional de la Corrección de Estilo puede ser un buen día para que nuestros conocidos comprendan por qué somos un poco obsesivo-compulsivos; un poco meticulosos; un poco distraídos aquí, porque estamos pensando si esa mayúscula está bien puesta acá; un poco desordenados aquí, pero con un orden impecable acá; entenderán la enajenación que muestra uno por el Diccionario del uso del español de María Moliner, o entenderán lo bien que se siente resolver una duda o que la necesidad de dejar un texto limpio y, sobre todo, unificado, sea tan grande que a veces olvidamos que la comida es una función necesaria para la vida tal y como la conocemos.


Pues bien, ya he aplicado todos los criterios de la casa.

Y en especial, los autores entenderán que nuestro trabajo es tan importante como el suyo.

No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las hojas, lo cual vale más que tratar de llenarlas.


Relación entre autor y corrector.

En serio:
Nunca hay que perder el control en el Control de cambios. 


Y cuánta razón tenía mi maestra cuando me dijo que no iba a volver a ver el mundo de la misma manera:





Feliz Día Internacional de la Corrección de Estilo (no importa cuándo leas esto).



domingo, 27 de octubre de 2013

Pies descalzos y ojos vacíos

Nunca me había ganado algo por escribir un cuento. Se siente bien. Vamos a ir al Festival de Tradiciones de Vida y Muerte de Xcaret. A ver si no nos encontramos a la Ix'Tabay.

Pies descalzos y ojos vacíos


Hace mucho tiempo que no sabía nada de Jorge, uno de mis más grandes amigos cuando yo vivía aquí en Cancún. Solíamos salir todas las noches por unas cervezas en los bares del centro y los fines de semana en la Zona Hotelera, hasta que me fui a Los Cabos. 
Ahora, siete años después, he regresado, y aún con el departamento lleno de cajas y maletas sin desempacar, decidí llamarle para irnos a echar un trago como en los viejos tiempos.
“Hey, Jorge, amigo mío, adivina quién regresé a Cancún a vivir.” Le dije emocionado cuando me contestó el teléfono. Y aunque se dijo sorprendido no obtuve la respuesta que esperaba de mi antiguo compañero de parrandas.
Aunque al principio se negó, logré convencerlo de vernos para ponernos al día. Pero eso sí, me dijo que tenía que ser temprano, pues por nada del mundo saldría en la noche. Me pareció extraño, pero no hice más preguntas.
Llegué al bar de siempre y me senté en la barra. El dueño me reconoció y me abrazó, según dijo, con mucho gusto de verme de nuevo; hablamos sobre los bares en Los Cabos: le dije que sus tacos de pescado eran los más sabrosos, aunque no era cierto. Ambos reímos.
La sonrisa comprometida se acabó cuando le dije que estaba esperando a Jorge. Sin más, bajó la vista, y se fue meneando la cabeza.
Luego de unos minutos llegó un Jorge más pálido y frío de lo que recordaba. Creo que el abrazo con el dueño fue más efusivo. Aún así, su sonrisa era sincera, estaba feliz de verme y yo de verlo a él. Pero en sus ojos había un vacío que me perturbaba.
Comimos alegremente y reímos al recordar viejas anécdotas. Me puso al corriente sobre los chismes de los antiguos compañeros del trabajo, pero guardó un silencio oscuro cuando pregunté por Toño, ocasional compañero de juergas, y después se limitó a responder con un “no sé… no sé nada… nada importante… todo tranquilo, men” a todas las preguntas que hice.
La tarde avanzaba entre muchas cervezas y fue cuando Jorge me pidió , me imploró, irse antes de que anocheciera. Ante la insistencia de sus ojos vacíos accedí, pero con la condición que me explicara lo que sabía sobre Toño.
“Se lo llevó la Ix’Tabay, men”, me dijo, finalmente.
Jorge se refería a la leyenda maya que existe sobre una mujer que seduce a los hombres para llevarlos al Xibalbá, el inframundo, el infierno, pues, según el Popol Vuh.
Según la leyenda que se cuenta entre los abuelos mayas de la región, quienes la escucharon de sus abuelos, en un poblado de la región vivían dos hermosas mujeres. La Ix’Tabay, apasionada en las artes de la seducción y de gran corazón con la gente que necesitaba dinero o calor, y Utz-Colel, quien había destinado su corazón y su cuerpo a la castidad, por lo que más bien era conocida por su frialdad ante la vida.
Al morir, de la tumba de la Ix’Tabay nació una flor de un embriagante aroma; mientras que de la de Utz-Colel surgió un cactus con una flor de la que sólo salía un olor desagradable.
Dicen que el alma de Utz-Colel, llena de envidia, decidió tomar la forma de la Ix’Tabay para seducir a todos los hombres que no pudo tener en vida y llevarlos al inframundo.
—Así que a Toño se lo llevó la Ix’Tabay” —repetí con incredulidad.
—Baja la voz —me pidió Jorge.
Desde la barra podía ver cómo el dueño nos miraba con desdén.
—¿Pero cómo?, ¿cómo que se lo llevó la Ix’Tabay? —pregunté, con la voz baja, y con renovado interés.
—Yo estaba ahí, —me dijo, y comenzó el relato más escalofriante que había escuchado de su boca en toda la vida.
Jorge me explicó que precisamente Toño y él estaban aquí, en el bar de siempre, tomando unas cervezas.
—Toño ya estaba pasado de copas. Y ya sabes cómo es… cómo era —corrigió rápidamente—, le gustaba ir a otras mesas a socializar.
Jorge contaba la historia apresuradamente, como si le urgiera llegar al final, como si se hubiera aprendido las tablas de multiplicar.
Me contó que dos chicas hermosas, gemelas, de larga cabellera negra y lacia, llamaron a Toño a su mesa y después de un rato él se unió al grupo ante la insistencia de su amigo. Siguieron bebiendo, y bailando toda la noche y Toño comenzó a besar a una de ellas, “la que tenía un olor algo desagradable”, me dijo.
—Lo que más recuerdo de estas chicas era que estaban descalzas —dijo Jorge—. Salimos del bar y ellas querían seguir la fiesta, así que fuimos a mi casa.
En el camino Toño se habría quedado dormido en los brazos de su nueva conquista.
—Yo estoy seguro que llegamos a mi casa los cuatro —me dijo, y por primera vez sus ojos vacíos se llenaron de lágrimas—. Yo no lo hice, te lo juro.
“Yo no lo hice”.
Entonces creí conveniente abrazar a Jorge, pagar la cuenta y, ante la mirada de desprecio del dueño, dejar una muy buena propina para irnos del lugar.
Con el tiempo me enteré que Jorge salió en los diarios, acusado de haber matado a Toño, pero nunca pudieron encontrar el cuerpo. Aunque salió libre por falta de pruebas, Jorge tuvo que vivir, tuvo que llenar su mirada vacía, con el desprecio de la gente que lo cree un asesino.
De las dos gemelas nadie sabe nada. Nadie recuerda haberlas visto esa noche. Aunque se dice que cuando hay luna llena es posible ver a un par de gemelas descalzas recorrer los bares de la ciudad. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Mi primer libro

El siguiente artículo lo escribí para mis amigas de Ábaco educativo, un centro especializado en terapia para niños con trastornos en déficit de atención o problemas del habla, que acaba de lanzar su revista impresa. Como editor, se agradece que me invitaran a su proyecto y se aprecia el esfuerzo por publicar en papel en un mercado saturado por malos productos. Uno siempre aplaude la valentía. Estoy seguro que con la dedicación que le han puesto a este primer número se irán corrigiendo los errores propios de la noche de estreno y vendrán los grandes éxitos.

Recuerdo que hace poco hablamos en Twitter sobre el primer libro que leímos.


Desde entonces he estado leyendo algunos de los que me mencionaron, como trato de hacer casi todo lo que hago, como si fuera un niño.

Me volví a emocionar —y me volví a aburrir— con unos. Con otros me pasó como cuando hace poco vi Vaselina por primera vez en mi vida: en realidad es buena y me la había perdido tanto tiempo. Hasta ahora entiendo tantas y tantas bromas, parodias y referencias.

La verdad es que nunca he sido un lectorsazo, ni ahora que está de moda, pero sí creo que deberíamos leer como niños: abrir cada libro como si fuera el primero. Y si nos gusta, si nos atrapa, si nos hace volar, lo terminamos de leer.

Si es de papel, independientemente si lo terminamos de leer o no, pues lo podemos usar para jugar, para construir castillos, para adornar libreros, para tomarle fotos cual si fuera nuestro desayuno y subirlas a Instagram.

En fin, decidí publicar el artículo completo en este blog de reciente creación para que quienes no tienen la revista pudieran leerlo:

Mi primer libro

Mickey y las habichuelas
Érase una vez un reino muy feliz. Tan feliz que se llamaba Reino feliz. En ese lugar vivía un niño como de unos tres, tal vez cuatro, años.

Este pequeño prefería estar en Reino feliz que en un Jardín de niños llamado Bam-Bam —como el hijo de Los Picapiedra—, pues no le gustaba la comida que ahí servían. Su madre y su abuela decidieron que le enseñarían lo que se le enseña a los niños de su edad en el kínder y, además, le darían rica comida casera.

Así, el niño aprendió a leer los números, los colores y otras frases sencillas, aunque le costaba aún pronunciar la erre. Su madre, ocasionalmente, lo llevaba con uno de sus primos para que conviviera con la familia de su padre y con niños de su edad.

Ahí los pequeños primos veían continuamente películas de Disney en esas videocaseteras que se llamaban Beta y “jugaban” con una colección de libros de tapa dura —con muchos colores— que eran el complemento perfecto para esas tardes: servían muy bien para construir casitas, y, además, se podían leer.

Así fue como leí mi primer libro: Mickey y las habichuelas de Disney. O al menos así lo recuerdo. Esa colección —que ahora que la busqué sin éxito en versión digital me entero que fue publicada en México por Editorial Novaro— también incluía otras versiones de cuentos y películas clásicos de Disney, como Robin Hood y la flecha dorada, Mickey el sastrecillo valiente y La princesa y el guisante, entre otros.

El hecho de que fuera un libro ilustrado con poco texto sobre películas que ya había visto fue una parte fundamental para que pudiera entender lo que estaba escrito. Incluso, para leerlo con la voz de los personajes y darle vida a la historia, a la hora que quisiera, sin necesidad de prender la tele.

De acuerdo con diversos autores, no hay una edad ideal para que un niño empiece a leer, pero se recomienda que hasta los tres, cuatro años se dejen a su alcance cuentos resistentes, de tapa dura, con bordes redondeados, dibujos grandes y sencillos con colores, con poco o ningún texto, apenas letras y palabras que representen objetos reconocibles para aprender a leer. Una trama sencilla y frases repetitivas.

Más grande recuerdo haber leído algunos cuentos como Trompita azul (Ed. Trillas), algunos buenísmos de la colección Los señordones (Ed. Novaro) de Roger Hargreaves, entre otros, como Las fábulas de Esopo y, ya en la primaria, aquellos Cuentos del rincón de lectura de la SEP.

Los especialistas sugieren que antes de los seis años los niños comienzan a interesarse por cuentos en los que los protagonistas son animales a los que les suceden cosas de humanos y se fomenta la enseñanza de algunos valores.

Después vendrán historias fantásticas, cuentos de aventuras, seres mitológicos, historias con héroes muy buenos y villanos muy malos.

A partir de los 10 años —de acuerdo con Cómo contar un cuento e inventarse cientos de Paola Santagostino—, los niños y niñas pueden leer novelas sobre personajes de su misma edad o con temas fantásticos, con pocos dibujos y en blanco y negro. A esa edad también leía muchos cuentos tipo cómic.

Y, particularmente, encontraba muy entretenidos los libros y revistas de agilidad mental que vienen llenos de ejercicios y preguntas para ponerse a pensar un poco. Después llegaron las pequeñas novelas y la poesía en las clases de lengua y literatura en la secundaria.

Cada niño es diferente y cada historia que lea puede darle una nueva idea de lo que es el mundo. Cada uno, libro y niño, deben encontrarse y escogerse, como la comida. A unos les gusta una cosa y a otros no. Pero lo importante es que tengamos algo que comer cuando tenemos hambre.

Por eso, cada que puedo, busco algunas de esas historias que se escuchaban en Reino feliz. A fin de cuentas la fantasía sigue viva en este castillo en las nubes, en el que tal vez no hay gallinas con huevos de oro pero hay una princesa con música celestial; todo gracias a esas habichuelas mágicas.

Christyan Záizar